Notas de “No te hagas daño a ti mismo” de Anselm Grüm

“He aquí una ley fundamental que la psicología actual describe una y otra vez. Las heridas no asimiladas nos condenan a herirnos a nosotros mismos o a herir a los demás. Si no herimos a los demás, entonces nos herimos a nosotros mismos, bien autocastigándonos, bien minusvalorándonos, bien incluso automutilándonos.

Algunas enfermedades dan la impresión de ser una especie de autocastigo, donde el rechazo que se experimentó de niño se transforma en ellas en rechazo y odio de uno mismo. 0 puede que inconscientemente busquemos situaciones en las que se repitan las heridas de la niñez.

Caemos siempre en manos de jefes caprichosos e irascibles que nos hieren lo mismo que un padre autoritario, que bebía demasiado y que podía darnos sin motivo una paliza brutal, y contra el que no podíamos hacer absolutamente nada. O nos encontramos con un compañero o una compañera que repiten con nosotros las mismas heridas que nos causaron nuestro padre o nuestra madre.”

“Así pues, Epicteto se adelanta al conocimiento de la moderna psicología de que las ideas sobre las cosas determinan nuestra experiencia vital. Jamás vemos objetivamente la realidad. Siempre la vemos a través de un determinado filtro. Incluso muchas veces proyectamos en las cosas nuestras expectativas inconscientes o nuestros miedos.

Por eso vemos a menudo a los hombres de nuestro alrededor a través del filtro de nuestra proyección. Proyectamos nuestras faltas sobre ellos y de esta manera interpretamos equivocadamente su conducta.

Watzlawick ha contado todo esto con gran sentido del humor poniendo el ejemplo del hacha: Un hombre no encuentra su hacha. Y entonces sospecha que se la ha robado el vecino. Desde ese momento le mira día tras día bajo el filtro de esta sospecha. Poco a poco se apodera de él el sentimiento de que tiene como vecino a un ladrón de hachas. Y en la conducta de su vecino ve muchas confirmaciones de su sospecha. Hasta que al final va a casa de su vecino, llama a la puerta y le grita: ¡Anda, quédate con tu condenada hacha! (Watzlawick, 1985).”

En Epicteto la meta de la libertad es la paz interior y la imperturbable paz del alma (Schlier, 491). Si esto se toma absolutamente, puede llevar a un círculo narcisista en torno a uno mismo. Para los cristianos, la meta de la libertad es el amor que puede entregarse pero que también puede ser herido por los hombres.

Por el contrario, el amor que nos estresa no tiene nada de amor; y tampoco lo es el amor que nos exige demasiado o nos crea mala conciencia cuando alguna vez decimos no. Aquí se habla de un amor que es libre de entregarse a una persona o a un grupo y de comprometerse totalmente, pero que también es libre incluso para ponerse límites y decir que no, si cree que debe hacerlo.

Y entonces el orador trae a colación el ejemplo de Caín, que se hirió en grado sumo, el de la mujer de Filipo, que pidió la cabeza de Juan el Bautista, y el de los hermanos de José. Todos estos se hicieron daño a sí mismos por la injusticia que cometieron con otros. Y vuelve a repetir una y otra vez, a modo de refrán, aquella misma frase: «El que es herido, no es herido por otro, sino por sí mismo».

Me contó una vez una mujer que se castigaba a sí misma por miedo a las palizas de su padre, hasta que cayó enferma. De esta forma su padre ya no la podía castigar. Así pues, la enfermedad era el único modo que tenía de librarse de las palizas de su padre. ¿Pero a qué precio? Su enfermedad era la expresión de su autolesión. Y la autolesión era la salida que ella tenía antela lesión por parte de otro. Cuando era niña, probablemente no le quedaba otra salida. Y ésta al menos le ayudó a sobrevivir.

Si esta mujer sigue por el mismo camino siendo ya adulta, entonces no dejará de herirse. Ahora podrá entrever los mecanismos que entonces puso en marcha para sobrevivir. Ahora podrá hacerse una idea correcta de la vida y por tanto dejar de herirse.

El simple conocimiento de estos mecanismos todavía no la liberará de esa situación. Pero cuanto más recuerde las heridas que le causó su padre y acepte sentir ira frente a su imprevisible y brutal progenitor, tanto más desaparecerán los viejos modos de comportarse y será cada vez más capaz de portarse mejor consigo misma.

Aprenderá a afrontar sus propios conflictos y a madurar desde ellos. Ya no necesitará autolesionarse para eludir el conflicto. Los enfrentamientos la harán cada vez más fuerte y cada vez tendrá más ganas de luchar, tendrá más ganas de sentirse ella misma, de ser ella misma.

Muchas veces no queremos herir al otro ni hacerle daño. Pero entonces nos herimos a nosotros mismos. Si la enamorada no quiere hacer daño a su novio y por eso sigue con él en lugar de hacer caso a su sentimiento, que le dice que ese amor no tiene ninguna base, entonces se hiere a sí misma. Y eso tampoco le hará ningún bien al muchacho. Cuanto más tiempo siga con él, tantas más esperanzas le dará y por consiguiente tanto más se herirá si un día decide dejarlo.

Con frecuencia nos herimos a nosotros mismos y también unos a otros, justamente por querer eliminar el dolor de nuestro camino. Por eso es tan importante que escuchemos nuestros sentimientos, que prestemos oído a los impulsos de nuestro corazón. Entonces nos habla el Espíritu Santo.

Las reflexiones de que no tenemos que hacer daño a nadie, de que podríamos ayudarle dándonos un poco a él, la mayoría de las veces no tienen nada que ver con la realidad, sino que son fruto de la idea que de ella nos hacemos. Y con estas ideas nos hacemos mal a nosotros y también a los demás.

La autolesión -y en esto coinciden Epicteto y Crisóstomo- tiene su causa en la idea que nos hacemos de las cosas. Pues si creo que mi estima depende totalmente de que supere esta prueba, con esta postura me estoy hiriendo a mí mismo. Pues me estoy presionando. Y cuanto más se acerca la prueba, más pánico me entra. Y si no la supero, me precipito en un abismo, me considero un fracasado y siento un enorme rechazo ante mi persona.

O si creo que por encima de todo he de tener el coche más caro para responder a mi imagen de ejecutivo triunfante, entonces dependo por completo de lo que piensan los demás. Creo que con mi coche tan caro me voy a imponer a los demás, pues para eso me mato a trabajar.

Pero es probable que la gente apenas se preocupe del coche que yo tenga. Y entonces todo mi esfuerzo no habrá servido para nada y lo único que conseguiré es herirme a mí mismo. Pero aunque haya gente que se quede embobada ante mi coche, con eso sólo no puedo vivir. Corro tras mi identidad, si quiero que los demás me la den. Pero por eso mismo corro hacia el vacío y eso jamás me hará feliz.

Mucha gente que se deja llevar por las ideas equivocadas que se hacen de las cosas, se precipitan en el vacío y en el sinsentido. Les es imposible disfrutar de la vida. Quieren ser felices, pero en realidad se están buscando la muerte. Lo que hacen es vivir dejando que la felicidad pase de largo. Se hieren a sí mismos.

El tercer camino de la mística podría describirse como experiencia de pura presencia. Para Ken Wilber, la mística en este grado es «el simple sentimiento de ser; puro apercibimiento como la apertura o la iluminación» (Wilber, 379). El hombre reconoce en todas las cosas la naturaleza divina. El maestro Eckhart lo expresa así: < «Ve a Dios en todas las cosas, pues Dios está en todas las cosas… pues Dios es Uno… todas las cosas serán para ti manifiestamente Dios» (Wilber, 379). Del libro: NO TE HAGAS DAÑO A TI MISMO  de Anselm Grüm

Maduración personal a través de las heridas

Quiero terminar estos pensamientos sobre la autolesión y sobre el camino bíblico y místico de la libertad con la conocida historia del Talmud, que nos cuenta H. Nouwen.

“Rabí Joshua ben Levi se encontró con el profeta Elías, que estaba a la entrada de la cueva de Rabí Simran ben Johais… Y le preguntó a Elías:

– ¿Cuándo vendrá el Mesías?
– Ve y pregúntaselo a él -le respondió Elías. – ¿Dónde está?
– Está sentado a la puerta de la ciudad. -¿Cómo podré reconocerlo?

– Está sentado entre los pobres, lleno de heridas por todas partes. Los otros dejan sus heridas al aire libre y vuelven a cubrirlas más tarde. Pero él sólo se quita una venda y se la vuelve a poner enseguida, pues se dice: quizás alguien me necesite, y en ese caso tengo que estar siempre preparado y no me puedo retrasar ni un solo instante».

La vida siempre nos herirá, lo queramos o no. El sufrimiento es un elemento esencial de nuestra vida. Así lo dice la segunda Carta de Pedro. La cuestión es cómo afrontar el sufrimiento que nos viene de fuera, si lo ahondamos hiriéndonos a nosotros mismos, o si por el contrario vendamos con esmero las heridas que nos causa la vida, preparándonos así para curar las heridas de los demás.

Todos los que están sentados ante la puerta tienen alguna herida. La diferencia entre ellos y el Mesías está en que unos dejan de golpe todas sus heridas al aire, mientras el Mesías sólo se desvenda una para poder levantarse cuando se le necesite. Los primeros se limitan a girar en torno a sus heridas. Las dejan al aire libre para poder vendarlas poco a poco. Lo único que les preocupa son sus heridas. Pero el Mesías se quita sólo la venda de una herida. Y es que sabe que hay muchos hombres heridos que le están esperando. Él puede olvidarse de sus heridas para levantarse y ayudar a los demás. Puede tomar distancia de sus heridas y así puede convertirlas en fuente de salvación para los hombres que le llaman.

La tesis de san Juan Crisóstomo de que nadie puede herirnos si no nos herimos nosotros mismos, no pierde fuerza por esta historia del Talmud. Pues la tesis no dice que la vida no nos hiera. Dice más bien que las heridas no nos pueden dañar si nosotros no nos herimos. De lo que realmente se trata es de cómo nos comportamos con nuestras heridas. Si nos hacemos falsas ideas sobre nuestras heridas, entonces sí que nos herimos a nosotros mismos.

Las ideas que hieren pueden ser, por ejemplo: «Las heridas podrían muy bien no existir», «Pero si ya hemos sido heridos, entonces tendremos que curarlas lo antes posible para no sentirlas», «Las heridas me impiden vivir», «Mientras esté herido, sólo podré ocuparme de mí».

Crisóstomo no quiere minimizar el sufrimiento que nos puede traer la vida. Lo único que pretende es invitamos a establecer una relación constructiva con él, convertir nuestras heridas en fuente de salvación. Y nos comportamos creativamente con ellas si nos reconciliamos con ellas, si contamos con que nos acompañarán a lo largo de toda nuestra vida. Si aceptamos nuestras heridas, jamás podrán paralizarnos. No nos quejaremos de estar heridos. Jamás permitiremos que la herida nos impida levantarnos cuando alguien nos llame, cuando alguien requiera nuestra ayuda. La herida nos hará más sensibles para con los hombres que nos rodean.

Si siguiendo los pasos del Mesías somos esmerados y cautelosos con nuestras heridas, entonces incluso nos permitirán vendar y curar las heridas de nuestros hermanos los hombres. No nos lamentaremos mutuamente de que la vida sea tan dura. Más aún, cuando se nos necesite, nos levantaremos como hombres heridos.

Nos alzaremos a favor de la vida, a favor de los hombres. Nos convertiremos en médicos y pastores de almas de lo que hay dentro del hombre, en médicos y pastores que están heridos. Dejaremos de herirnos y encontraremos en la fe un camino, nuestro camino para que nuestras heridas puedan producir fruto. Como dice Hildegard von Bingen, se convertirán en perlas preciosas.

Las llevaremos con nosotros como un preciado tesoro que nos pone en contacto con nuestro verdadero ser, con nuestra naturaleza divina, como dice la segunda Carta de Pedro. Y el conocimiento de nuestra naturaleza divina y del espacio interior que subyace a nuestras heridas en el que nadie puede herirnos, nos liberará de los viejos modelos de la autolesión.

Si nos comportamos así de libres con nuestras heridas, entonces, como dice Crisóstomo, el sufrimiento nos hará más maduros y creíbles. No nos destruirá ni herirá. Nos pertenecerá como algo valioso que nos hace partícipes de los sufrimientos de Cristo, que hace que seamos uno con Jesucristo, en él nuestras heridas se convertirán en fuente de salvación.

En el amor de Cristo, nuestras heridas serán la puerta de entrada del amor salvador y liberador de Dios en este mundo.

Fuente: Laverdadnoshacelibres

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