Alejando Jodorowsky y el sueño

¿Podría verse, entonces, este trabajo de ascesis como la aplicación de las enseñanzas

recibidas del sueño lúcido? Lo digo porque la ascesis requiere esfuerzo, frente al sueño

lúcido, en el que basta con formular un propósito para que éste se realice…

En realidad mantenerse consciente durante el sueño lúcido requiere un

esfuerzo muy considerable. Por otra parte, las emociones que se experimentan

durante el sueño son reales. Si estás aterrado, lo sientes de verdad,

experimentas terror; y es difícil hacerle frente. En el fondo, la gran enseñanza

del sueño lúcido está menos en el descubrimiento de la magia cotidiana que en

esta exigencia de lucidez, porque no hay que olvidar que sin lucidez nada es

posible. Como digo, desde el momento en que te dejas llevar por la experiencia

que estás viviendo, el sueño te absorbe y pierdes la lucidez, que es lo único que

sostiene la dimensión mágica. La magia que hemos evocado no opera sino

gracias al distanciamiento. Lo que permite el juego es la lucidez del testigo, por

el contrario, la identificación empequeñece la existencia, limita el campo de

posibilidades. En el sueño rigen las mismas leyes que en la vida cotidiana:

cuanto más te distancias, más puedes gozar de la existencia y sentirla como un

gran patio de recreo. Si no consigues distanciarte, la vida puede convertirse en

un callejón sin salida. Así pues, paradójicamente, el sueño me ha enseñado a

velar, a mantener el hilo de la existencia, una corriente de lucidez, incluso a

costa de grandes esfuerzos. ¡Porque bien sabe Dios lo maravillosa que puede ser

la vida a veces, sobre todo si te abres un poco a su magia! Sin embargo, al

mismo tiempo que te vas abriendo, aumenta la tentación de dejarte absorber, el

peligro de identificarte. Por otro lado, la lucidez se refuerza también con la

práctica.

Otra enseñanza del sueño lúcido a la que ya hemos aludido, otra faceta de la magia,

es el descubrimiento de la flexibilidad de la realidad. No sólo no se concibe la vida como

un proceso rígido, sino que uno mismo adquiere flexibilidad.

Así es. Intento no autodefinirme excesivamente, no encerrarme en una visión

estrecha de mí mismo. En el sueño puedo percibirme como un hombre de

sesenta años, pero también como un muchacho joven o un anciano, incluso

como una mujer, ¿por qué no? En el sueño se expresan diversas facetas de mi

ser. En la realidad, trato de dejar que estas facetas se expresen e intento

responder a las exigencias de la situación sin aferrarme a una idea preconcebida

de lo que soy o debería ser. Cuando viajo, mucha gente se interesa por mi

nacionalidad. Si en un avión alguien me dice: «¿Es usted italiano?», contesto:

«Sí». Si me toman por griego, francés, ruso, israelí, etcétera, siempre respondo

afirmativamente. Mi interlocutor, encantado de haber acertado, me trata

entonces como a un italiano, un ruso, un griego, un chileno, y esto no cambia

nada… ¿Recuerdas lo que nos sucedió hace poco en la Mejorana?, pues eso

constituye un buen ejemplo de esta actitud. Cuando llegamos, el público no me

esperaba a mí sino que había ido a escuchar al doctor Westphaler.

52Bueno, al doctor Woestlandt…

»Ellos se sitúan cada uno debajo de una de mis axilas, a modo de muletas

humanas, para ayudarme a avanzar hacia una escalera de piedra negra de

veintidós peldaños que se levanta en el centro del patio, como un pedestal. “Ya

me siento capaz de afrontar solo a la Divinidad”, les digo entonces a mis ami-

gos. Y como sé que los dos son parte del sueño, los hago desaparecer de un

empujón y empiezo a subir la escalera. Otra vez soy presa del terror: quizá vea

surgir ante mí una imagen horrible… Los peldaños están mojados y tengo que

hacer enormes esfuerzos para no resbalar. De pronto, aparece frente a mí una

fotografía animada en la que un actor gigantesco hace muecas de payaso. Me

cuesta creerlo: “¿Una foto, un actor, la Divinidad…? ¡No es posible!”. El actor

desaparece y en su lugar aparezco yo. Tengo sesenta años y aspecto de viejo

profesor de universidad. Llevo americana de cachemir y unas gafas en la punta

de la nariz. Pienso que esta imagen inmensa de mí mismo es una pantalla

necesaria, la proyección de ideales antiguos, que me permitirá vivir sin angustia

mi primer encuentro con la Divinidad. La foto se anima y empieza a hablarme

con simpatía. Me comunica un mensaje, una lección. Retengo poco, apenas

cinco o seis palabras: “El tesoro de la humanidad…”. Me alegra mucho esta

pequeña experiencia, que me permite dar un primer paso en la búsqueda del

Dios interior, del guía, del maestro íntimo, del yo impersonal, poco importa el

nombre que se le dé; y, además, sin sentir miedo. Reúno todas mis fuerzas, me

apoyo en el aire y empiezo a flotar: con una embestida de carnero, atravieso la

pantalla y me lanzo al firmamento, inmensidad cuajada de estrellas. Otra vez

deseo contemplar mi Dios interior. Frente a mí aparecen dos pirámides

imbricadas, tan grandes como la de Keops, similares a una estrella de David en

relieve. Me digo que no debo conformarme con mirarlas -una es negra y la otra

blanca- sino que debo fundirme con ellas. Penetro en su centro y estallo como

un universo en llamas».

Éste es el sueño tal como lo anoté. Basándome en esta vivida experiencia,

escribí el guión de El Incal.

Entonces, la práctica del sueño lúcido consiste en montar un acto dentro del

contenido onírico. ¿Se puede ir más allá del sueño lúcido?

Sí. Es posible pasar a lo que yo llamo «el sueño terapéutico», dentro del cual

la lucidez es utilizada para curar una herida o consolar de una carencia que se

experimenta en el estado de vigilia. Citaré cuatro ejemplos sacados de mi

cuaderno:

Me encuentro en compañía de Teresa, mi abuela paterna, a la que, por

desavenencias familiares, no tuve ocasión de conocer. Es una mujercita algo gruesa y

con la frente ancha. En el sueño, me doy cuenta de que, en realidad, no nos conocemos,

que nunca nos hemos hablado, que no hemos paseado juntos ni una sola vez. Le digo:

«¿Cómo es posible que tú, mi abuela, nunca me hayas tenido en brazos?». Comprendo

que esto es una falta de delicadeza y rectifico: «Mejor dicho, ¿cómo es posible, abuela,

que yo, tu nieto, nunca te haya dado un beso?». Le propongo dárselo ahora y ella

acepta. Nos abrazamos y nos besamos. Despierto con un nítido recuerdo del sueño,

contento de haber encontrado este arquetipo familiar.

Estoy en mi dormitorio, tal como es en realidad, de pie frente a mi padre. Le digo:

«En toda mi vida, no me has besado como hace un padre. Hiciste que te temiera y nada

más. Pero ahora que soy mayor voy a darte un abrazo». Y, sin temor, lo abrazo, lo beso

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y lo mezo. Y al mecerlo siento la fortaleza sorprendente de su espalda. Y exclamo,

contento: «¡Tienes noventa años y aún eres tan fuerte!». Sigo meciéndolo, con audacia y

ternura, y le digo: «Como tú nunca te comunicaste conmigo por el tacto, yo también le

he negado todo contacto corporal a mi hijo Axel». Y aparece Axel, con la edad que

tiene hoy, 26 años. Lo abrazo y le pido que me meza, como acabo de mecer yo a mi

padre. Me despierto. Durante el día, charlo con Axel y le explico el sueño alegremente.

Le pido que me abrace y que me meza. Al comienzo, él está tímido, lo hace de mala

gana, pero poco a poco se conmueve y acabamos por establecer un contacto que nos

ofrece una sensación de bienestar y de paz para ambos. De esta forma, en sueños,

realicé algo que había faltado en mi relación con mi padre y, en la realidad, le permití a

mi hijo subsanar esa falta en su relación conmigo.

Tengo problemas económicos y sueño que van a contratarme como actor en una

compañía teatral. Me dirijo al empresario para hablar de mi sueldo. Le explico que

tiene que pagarme muy bien porque, conociéndome como me conozco, no me

contentaré con interpretar, sino que procuraré que el espectáculo en su conjunto

marche a la perfección. Supervisaré las luces, la música, el vestuario, el trabajo de mis

compañeros, etcétera. En suma, me ocuparé de todo. El empresario me comprende y

me fija un buen sueldo, el que merezco. Me despierto tranquilo y habiendo recuperado

la confianza en mí mismo. Sé que las dificultades económicas se resolverán.

Hace tres días que sufro de fuertes dolores de estómago, probablemente a causa de

una infección intestinal. Duermo mal y no quiero tomar antibióticos. Me acuesto y

sueño: estoy en mi cama, sufriendo los mismos dolores que tengo cuando estoy

despierto. Llega Pachita, la curandera. Se acuesta encima de mí y chupa el lado derecho

de mi cuello diciendo: «Voy a curarte, hermanito». Haciendo un esfuerzo supremo,

desliza su mano izquierda entre nuestros cuerpos y la apoya en mi vientre. Después, se

eleva en el aire sin separarse de mí. Levitamos un rato horizontalmente, y luego

bajamos a la cama. Ella se desvanece lentamente. Me despierto curado, sin sentir dolor

alguno. Me parece que, por decirlo de algún modo, he asumido a la curandera y por fin

puedo acceder a un médico interior, una especie de Divinidad. Recuerdo que en

México, antes de morir, Pachita hizo aparecer un anillo en la palma de su mano, lo

puso en mi anular izquierdo y me dijo: «Vendré a visitarte en sueños».

Como podrás imaginar, este tipo de sueños resulta tremendamente positivo.

Son sueños reparadores en todo el sentido de la palabra y en los que el

inconsciente canaliza su fuerza para curar.

Si es posible utilizar ese conocimiento adquirido en la práctica del sueño lúcido para

llegar al sueño terapéutico, ¿se podría llegar aún más lejos, alcanzar a través del sueño

una dimensión de sabiduría?

Es lo que yo llamo «el sueño humilde». Un día dejé de proponerme actos, a

fin de asistir al sueño en calidad de simple observador. En esos casos dejo que el

sueño se desarrolle, que siga su curso, pero sin ser absorbido por él,

permaneciendo lúcido. Soy espectador de mi sueño y me abstengo de toda

intervención. Es más, creo que últimamente he alcanzado un nivel aún más

sutil, que llamo «sueño sabio». El protagonista del sueño al que asisto en

calidad de espectador es un sabio. Pronuncia frases que yo anoto al despertar:

frases que, por lo demás, no tienen nada de original y podrían ser extraídas de

cualquier texto sagrado. Pero surgen desde lo más hondo del inconsciente, tal

como observo lúcidamente durante el sueño.

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¿Puede contar alguno de esos sueños sabios?

Sí, pero con reticencias…

¿Por qué? ¿Se trata quizá de pudor?

¡No, no se trata de eso! Temo, sencillamente, que no se me crea, (Jodorowsky

saca de su biblioteca un cuaderno enorme que parece un libro de oro.) En este otro

cuaderno anoto mis sueños más positivos. Puedo abrirlo y leer un ejemplo de

sueño sabio; pero ¿aceptarán nuestros lectores que un hombre pueda tener

sueños semejantes? Quizá debería antes dar mi palabra de honor…

¿Porquéno?Seríacasisurrealista:«Declaropormihonorhaberso ñado

sabiamente…».

¡De acuerdo, entonces certifico por mi honor haber tenido estos sueños! Cada

cual es libre de creerme o no.

¿Tan inauditos son esos sueños?

No; en realidad son muy simples. Lo que tienen de inaudito es precisamente

ese elemento que los hace sueños sabios. Todo está en el clima interior del

sueño. (Jodorowsky lee de su gran cuaderno.) «Me encuentro en una clase de artes

marciales. El maestro me dice: “Déjate caer en mis brazos relajado”. Entonces me

viene el pensamiento: “Vaya, voy a conseguir una relajación total”, y me dejo

caer sin reservas. El maestro me sostiene y me tiende en el suelo. Entonces

intenta hacerme una llave. Es tal mi abandono que no lo consigue. Entonces

dice a su ayudante: “Imposible luchar con él. Está como muerto, y contra un

muerto no se puede hacer nada”». Éste es un ejemplo de sueño sabio en el que

conseguí la relajación total.

Otro ejemplo: «Salgo a la calle con un traje muy estrecho que me da un

aspecto enclenque. Entonces pienso: “Es bueno que la gente me vea débil,

porque me sé y me siento muy fuerte por dentro”». O este otro sueño: «Asisto a

la clase de un profesor de filosofía que declara: “El secreto es ser con el

pensamiento”. A lo que yo respondo: “Si no has aceptado que tienes que morir,

no has conseguido nada. Sólo la aceptación del sepulcro nos libra del

pensamiento de la muerte”».

Otros dos más: «Unos gitanos me llevan a su almacén, en el que guardan

toda clase de muebles. Quieren consultarme y me enseñan, en una caja de

cartón, una copa grande, parecida a la del as del tarot de Marsella. Piensan

utilizarla en sus experimentos de alquimia para descubrir el disolvente

universal, la sustancia capaz de disolver todas las demás materias. Yo les

pregunto sonriendo: “¿Saben cuál es el disolvente universal?”. Al ver que no

conocen la respuesta, les digo: “Es la sangre de Cristo. Una gota de la sangre de

Cristo en el corazón disuelve todos los demás sentimientos. Después de eso sólo

queda el amor”». Y por último: «Un niño triste me dice: “Soy muy poca cosa. No

valgo nada. Dios no me ve, está ocupado en cosas más importantes”. Yo le

contesto: “Imagina la superficie de una esfera compuesta por infinidad de

puntos. Ahora imagina el centro de esa esfera: es un solo punto que se

comunica con todos los demás”».

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Esperaba unos sueños más delirantes, una proliferación de símbolos mágicos, como en

sus películas o en sus historietas. Los sueños que relata son de una sobriedad inusual en

usted…

Bueno, mis historietas y mis películas corresponden más al sueño lúcido.

Como puedes apreciar, la mayoría de estos sueños son muy cortos. Lo especial

en ellos está en su impacto y en cómo me veo en ellos: en el sueño, soy sabio,

sereno y feliz, sensación que subsiste durante un tiempo al despertar.

Ahora me gustaría que diera ejemplos de «sueño humilde»…

Éste es otro tipo de sueño, en el que admiro el valor ajeno. Por ejemplo:

«Estoy en casa de amigos. En la casa hay una mujer de pueblo pero de porte

distinguido. No tiene más de 58 años. La considero muy educada, simpática y

humana. Al cabo de un momento me pregunta: “¿Sabes quién soy?”. Contesto

negativamente. Me dice entonces: “Soy Cristina. Yo te cuidaba cuando eras

pequeño”. Entonces descubro que estoy en presencia de mi primera niñera.

Digo a mis amigos: “¿Os dais cuenta? ¡Es la primera mujer a la que he amado en

mi vida!”. Saber que aún vive y comprobar el grado de refinamiento que ha

conseguido me produce gran alegría. Cristina y yo nos besamos y luego ella se

va. Mis amigos me dicen entonces, en tono de admiración: “¡Tiene 80 años y, a

pesar de ello, qué joven se la ve!”. Despierto lleno de alegría».

Otro más: «Una revuelta estudiantil me sorprende en plena calle. Los jóvenes

queman coches y hay policías por todas partes. Suenan ráfagas de metralleta y

yo me lanzo al suelo pero sin sentir miedo. Me detiene un policía y me lleva a la

comisaría. Allí me interrogan. Conservo la sangre fría. Tengo los bolsillos llenos

de panfletos antimilitaristas y de recortes de prensa con sucesos en los que

policías y militares hacen un papel ridículo. Explico que soy profesor de tarot y

me sueltan. Voy por la calle, tengo el traje hecho jirones y hasta he perdido los

zapatos. Me calzo una funda de gafas a modo de chancleta. Entro en un café a

preguntar por mi calle. Entre los clientes hay una mujer de pueblo gordita y con

cara bondadosa que me mira con lástima, como si fuera un vagabundo. Y

murmura: “Hay que ver cómo está ese pobre hombre, tenemos que hacer algo”.

Me toma por mendigo. Me parece tan buena y me conmueve tanto su

compasión que decido no sacarla de su error y aceptar el papel que me

atribuye, a fin de no decepcionarla y permitirle ejercitar tan buenos

sentimientos. Abro mi maletín negro y busco un pequeño juego de tarot para

regalárselo. Entre los tarots hay frascos de píldoras. Son vitaminas, pero la

mujer está convencida de que transporto droga, lo que hace aumentar su

compasión. Sin saber nada de tarot, echa una carta, el Mago. “Malo”, dice. “No

debería llevar esta carta. Mire, este hombre tiene una píldora entre los dedos…”

Ella cree que el círculo amarillo que el mago tiene entre los dedos es alguna

droga. Le doy las gracias por sus buenas intenciones, le prometo no volver a

drogarme y salgo del café. En ningún momento he sentido la tentación de

darme importancia. Al contrario, me he humillado gozoso».

¿Distingue aún más formas de sueños?

¡Por supuesto! Es posible lograr el «sueño generoso», en el que compartes

con el resto de la humanidad lo que has aprendido. Por ejemplo: «Me encuentro

en un espacio inmenso, sobrevolando una marcha por la paz a la que asisten

miles de manifestantes. Al percibir que estoy soñando, comienzo a girar en el

aire para llamar la atención. La gente, admirada, observa cómo levito. Entonces

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les pido que se den las manos y formen una cadena, a fin de volar conmigo. Al tocarlos, los hago elevarse y trato de hacerlos volar por la fuerza de mi pensamiento, pero ellos no se mueven. Tengo que tomarlos con ternura y no soltarlos. Entonces, ellos vuelan hacia mí y empezamos a evolucionar por el aire formando figuras, todos en cadena, hasta que despierto».

Aprender no solamente a dar sino también a recibir, aceptar el favor que pueda hacernos el otro es también una forma de generosidad, como comprendí en el siguiente sueño: «Estoy en París. Los periódicos tienen un problema con el gobierno, que no les suministra la materia prima para imprimir. France-Soir tiene que salir con la primera plana escrita a mano e impresa por un procedimiento primitivo, a base de azúcar. Al lado del quiosco de revistas, sentada a una mesa de madera, está Bernadette, la difunta madre de Brontis, mi hijo mayor. Me siento frente a ella y la veo bella y feliz como pocas veces en la vida. Ahora siento confianza, sé que puedo contar con ella. Dándome cuenta de que estoy soñando, me digo: “Bernadette murió, pero en el sueño vive. No me da miedo hablar con una muerta. Confío en ella. Es un arquetipo que puede servirme porque ella conoce bien los asuntos políticos que yo ignoro por completo, y siempre estará disponible cuando quiera consultarle sobre esto”. Bernadette comienza a explicarme por qué la situación es tan tensa y por qué el presidente se equivoca al confiar en el ministro que acaba de nombrar. Después me habla del futuro: “Vivimos con la idea de que el futuro no nos pertenece -me dice-, que no es para nosotros… Y sin embargo, estamos ligados a él. En el futuro seremos muy activos”. Pienso que se refiere al futuro en general, a los millones de años que aún ha de conocer el universo».

Despuésdeestesueño,plenamentelúcido,mealegrédeha berme reconciliado con la madre de mi hijo, especialmente después de todos los conflictos que vivimos. Bernadette se ha convertido en una aliada que se ofrece a colaborar con lo mejor de sí misma en el perfeccionamiento de mi espíritu. Así pues, gracias al sueño, acepté una nueva presencia suya en mi vida.

Sueño lúcido, sueño terapéutico, sueño sabio, sueño humilde, sueño generoso… ¿Qué es para usted lo último del sueño, el nec plus ultra onírico?

El sueño mágico, creativo. Durante todos estos años de exploración onírica no he conocido más que uno, a saber: «Estoy en mi dormitorio. Apoyándome en el aire con las palmas de las manos, alzo el vuelo. Entonces, decido sentir toda la potencia de mi voz. Dejando que el canto brote de mí, emito con una fuerza casi ilimitada unos sonidos que van mucho más allá de la ópera. No he de esforzarme en emitir la voz, la invoco y viene. Solamente debo dejar que me salga por la boca para descubrirla, viva y mágica… Profundamente emocionado, siento que me abro a una dimensión de mí desconocida hasta ahora. Con plena lucidez, abro los ojos y despierto. Siento mi corazón latir con fuerza. Sin moverme, rememoro todos los detalles del sueño. De pronto, llega a mis oídos un canto que no es cercano ni lejano. No es emitido por una voz humana, pero no por ello deja de tener sonoridad humana, es como si todo un barrio de la ciudad cantara. Me parece que el canto llega desde otra dimensión. Pienso que todavía estoy medio dormido y tengo que observar más lúcidamente lo que ocurre. El fenómeno se repite y me abandono a la escucha, a pesar de que el carácter totalmente nuevo de la experiencia modifica mi ritmo cardíaco. Por un lado, me siento víctima de una alucinación; por otro, me parece que se abre una puertecita hacia lo que podríamos llamar el tercer oído, no el tercer ojo, el oído de la “clariaudición”. Me duermo profundamente y, en sueños, me veo en una calle de Montmartre. Camino murmurando: “Era una voz divina, la voz de una

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diosa. No salía de una garganta, sino que era exhalada por la realidad misma. Provenía de las calles, de las casas y del aire”».

Formidable. Pero ahora volvamos a ese sueño que se llama realidad. ¿Podemos, como afirman algunos sabios, ver nuestra vida como un sueño del que habría que despertarse?

Yo diría más bien que de este sueño inconsciente que suele ser nuestra vida hay que hacer un sueño lúcido. Hubo un tiempo en que, antes de dormir, tenía la costumbre de pasar revista a todos los sucesos del día. Visualizaba la película de mi jornada, primero de principio a fin y, después, a la inversa, según el consejo de un viejo libro de magia. Esta práctica de la «marcha atrás» tenía el efecto de permitir ubicarme a cierta distancia de los sucesos del día. Después de haber analizado, juzgado y tomado partido en el primer examen, volvía a repasar el día en sentido inverso y entonces me encontraba distanciado. La realidad así captada presentaba las mismas características que un sueño lúcido. ¡Entonces me di cuenta de que, al igual que todo el mundo, en buena medida yo soñaba mi vida! El acto de pasar revista a la jornada por la noche equivalía a la práctica de rememorar mis sueños por la mañana.

El solo hecho de acordarme de un sueño es ya como organizarlo. Yo no veo el sueño completo, sino aquello que he seleccionado de él. Análogamente, al repasar las últimas veinticuatro horas, no tengo acceso a todos los actos del día, sino a los que he retenido. Esta selección constituye ya una interpretación sobre la cual baso luego mis juicios y apreciaciones. Para hacernos más conscientes, podemos empezar por distinguir nuestra percepción subjetiva del día de aquello que constituye su realidad objetiva. Cuando ya hemos dejado de confundirlas, somos capaces de asistir como espectadores al desarrollo de la jornada, sin dejarnos influir por juicios y apreciaciones. Desde esta actitud de testigo se puede interpretar la vida como se interpreta un sueño. Por ejemplo: un día Guy Mauchamp, un alumno mío, me pidió consejo; no sabía qué hacer para que unos inquilinos jóvenes y desaprensivos desalojaran una casa que era de su propiedad. Después de expresar mi extrañeza porque no hubiera acudido a la policía, puesto que la ley estaba de su parte, le dije: «En cierto modo, esta situación te conviene. Gracias a ella, expresas una vieja angustia. Te propongo este planteamiento: considera esta situación como un sueño que hubieras tenido y trata de interpretarla como interpretarías un sueño de la noche anterior. ¿Tienes un hermano menor?». Me contestó que sí, y entonces le pregunté si, de niño, no se sentía postergado cuando ese nene captaba toda la atención de sus padres, y él respondió que así era, efectivamente. Después le interrogué sobre las relaciones que ahora mantenía con su hermano. Como yo imaginaba, Guy me confesó que no mantenían buenas relaciones ni se veían nunca. Entonces le expliqué que era él mismo quien propiciaba la invasión de los inquilinos, a fin de exteriorizar la angustia que en su niñez le causaba la presencia de su hermano. Añadí que, si quería que se resolviera la situación, era preciso que perdonara a su hermano, que lo tratara bien e hicieran las paces. Le di un consejo de psicomagia y, al cabo de una semana, recibí una postal de Estrasburgo («Fuegos artificiales en la catedral, explosión de sagrada alegría») con el siguiente mensaje: «En respuesta a mi consulta, me prescribió un acto de psicomagia y, para concluirlo, le doy el resultado. Tenía que ofrecer un ramo de flores a mi hermano y almorzar con él, a fin de establecer una relación fraternal y dejar a un lado el pasado en el que me sentía desplazado por su causa. El objetivo era conseguir la marcha de los inquilinos ilegales de mi casa. Envié las flores a mi hermano y hablé con él el viernes a mediodía. El viernes por la noche los dos inquilinos se marchaban… ¡llevándose mis muebles! Pero, en fin, se

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fueron, y pude recuperar mi casa. Gracias». Interesante, ¿no? Llevarse los

muebles era como llevarse una parte de su pasado.

Es decir, usted indujo a ese joven a interpretar una situación real como si se tratara

de un sueño lleno de símbolos que descifrar…

Exactamente. Puesto que soñamos nuestra vida, vamos a interpretarla y

descubrir lo que trata de decirnos, los mensajes que quiere transmitirnos, hasta

transformarla en sueño lúcido. Una vez conseguida la lucidez, tendremos

libertad para actuar sobre la realidad, sabiendo que si sólo tratamos de

satisfacer nuestros deseos egoístas seremos arrastrados, perderemos la

ecuanimidad, el control y, por lo tanto, la posibilidad de hacer un acto

verdadero. Para lograr divertirnos actuando, tanto en el sueño nocturno como

en este sueño diurno que llamamos vida, hemos de estar cada vez menos

implicados.

Ese distanciamiento que no impide ni la acción ni la compasión, pero no autoriza ni

la codicia ni la sensiblería, se parece mucho a la sabiduría.

¡Desde luego! ¿De qué puede servirte vivir con tus sueños y hacer un

esfuerzo para conseguir la lucidez sino para encontrar la sabiduría? La realidad

es un sueño en el que debemos trabajar a fin de pasar progresivamente del

sueño inconsciente, carente de toda lucidez, y que puede ser una pesadilla, a lo

que yo llamo el sueño sabio.

¿Y el Despertar? Las tradiciones espirituales hablan de los que han despertado…

Despertar es dejar de soñar, desaparecer de ese universo onírico para

convertirse en aquel que lo sueña.

Fuente: Alejando Jodorowsky

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